Camila: Ayer y Hoy

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Son las 8 de la mañana, apenas tengo tiempo de llegar puntual a mi primera clase del día… Pude haber conseguido otro apartamento más cercano al Centro Universitario; pero me gusta Jardines del Bosque; crecí aquí, y todavía algunas de mis amigas de la juventud viven en la colonia. Además disfruto caminar por la Arboleda con el aroma a lluvía fresca durante el verano. Por otro lado, me desagrada que ahora existen automotrices y negocios de otra índole en la colonia.

¡En verdad disfruto este curso que llamamos: Literatura mexicana en la segunda década del siglo XXI! Quedan dos semanas para que finalice el semestre; los estudiantes están trabajando en sus ensayos finales. Ah, debo llevar algunos libros que les prometí…

¡Cómo añoro poder correr por la Avenida Mariano Otero como hace 20 años; el tránsito y la contaminación son demasiado densos. Además, a mis 39 años, prefiero ir al gimnasio.

Es casi medianoche y no puedo conciliar el sueño; me lo impide lo que ocurrió hoy cuando una de mis alumnas de intercambio me abordó al final de la clase:

—Profesora, ¿estuvo usted en París en 1992 y participó en un curso de verano en la Sorbona?

Con sólo escuchar París, mi corazón latió más rápido.

—Sí, María Luisa. ¿Cómo lo sabes?

—¿Conoció ahí a un hombre llamado David Cuenca?

Ahora mi corazón se desbocó en recuerdos dormidos tantos años.

—Sí,  lo conocí. Dime, ¿ David es algo tuyo?

—Es mi padre. Y cuando quise estudiar literatura mexicana en la UNAM, él insistió en que viniera a Guadalajara…

Me conmocionó la sorpresa de encontrarme frente a la hija del que había sido mi primer amor.

—…nos escribíamos largas cartas; yo le platicaba de mis actividades en la universidad, de mis puntos de vista sobre la vida social aquí, lo diferente que es el pensamiento crítico de mis compañeros, de la ideología de una universidad laica. Le hablé de todos mis profesores; pero él hizo hincapié en saber más de mi maestra de Literatura Mexicana actual. Llegó a la conclusión de que usted era esa persona que conoció en París. Mi padre me confesó que su amistad de entonces fue un bálsamo para la agitada vida que él iniciaba como estudiante de sociología y del idioma francés.

¡Así lo recuerdo, en cuerpo y alma!

—…Me hizo prometerle que le entregaría a usted este paquete. Aquí lo tiene

De forma automática tomé la caja que me ofrecía, al abrirla reconocí mi foto y la letra de las cartas que le envié. Pensamientos y emociones diversos se agolpaban en mi cabeza como mariposas inquietas. Debí verme mal porque ella trató de paliar la situación comentando asuntos del ensayo final que no le escuché. Me esforcé en hallar el equilibrio respirando pausadamente y volví a conectarme con la realidad… Ella aún no paraba de hablar. Después respiró con profundidad, como aliviada por haber aprobado un examen.

Yo no me sentía bien. Mi mente hizo un veloz viaje al pasado recobrando escenas de gran felicidad, y de una dicha truncada por ciertos infortunios banales.

Necesitaba despejar todo aquello que me abrumaba, respirar el ambiente fresco del atardecer y caminar por la Arboleda…

—Esta noticia ha sido un golpe fuerte para mí, María Luisa —le dije, y enseguida la abracé, más para consuelo mío que por ella. Luego, se fue sin despedirse.

Al regresar a casa, la implacable memoria comenzó a evocar aquel verano desde el principio. Cerré los ojos, y me vi escalando con David los setenta y tantos escalones de la torre más celebrada del mundo, la tour Eifel. Era nuestra tercera cita desde el día que lo conocí en la Sorbona. Con la primera mirada me atrajo, y él debió notarlo. Se acercó con gracia y timidez para presentarse:

—Hablas español, dijo, esperando que por lo menos lo entendiera.

—Sí, —le respondí —soy de México, ¿y tú?

—Ecuatoriano.

Y así se inició ese verano inolvidable.

Poco después me enteré que radicaba en Paris; él se esforzaba en aprender el idioma para ingresar a una licenciatura en Sociología. Había decidido seguir sus estudios hasta un doctorado en París porque su país carecía de dicha especialidad.

Su intención era volver a Ecuador con un título. Algo genuino noté en él, tenía un ferviente deseo de ser útil a su sociedad ecuatoriana una vez que terminase sus estudios, ejercitaría sus conocimientos en su país.  Amaba profundamente sus raíces porque se sentía transportadodo a su tierra cuando nombraba la gastronomía, la música, el carnaval y otras festividades típicas de Quito. Se le hacía agua la boca, al mencionar algunos platillos de su país como el, ceviche, las humitas, la fritada, el cuy y otros. Le advertí que no comería el cuy, ya que este animalito era para mí una mascota. Sin embargo, rechazaba la vida parisina y sus costumbres. Quizá estuviera resintiendo algún rechazo discriminatorio, porque no disfrutaba París de la manera en que yo lo hacía. David me preguntó el porqué había escogido París para vacacionar y estudiar.

—Desde niña mi sueño ha sido visitar esta bella metrópoli y aprender francés.

—Se nota la alegría en tu rostro.

Así era, nunca me había sentido tan feliz en mi vida. Le sonreí.

Luego, yo le seguí contando de mi vida en la universidad, de mi numerosa familia y de mi trabajo en el gimnasio. Ese mismo día me invitó al Jardín de Luxemburgo para caminar y charlar después de la última clase. Mi ser se desbordaba de entusiasmo al saberme acompañada de aquel hombre, mayor una década que yo. Y, por circunstancias del destino, me sentí atrapada y unida hacia él. Quizás por el hecho de que ambos compartíamos el mismo idioma, las mismas raíces y culturas similares. Además, él despertó   en mí, pasión por el erotismo. Cada vez que salíamos y me abrazaba, deseaba sentir sus caricias y miembro en todo mi ser. Todos estas emociones y sentimientos eran nuevos para mí y ahnelaba disfrutarlos con él al máximo. Era una reacción rara en mí, ya que recibí una educación católica,  y seguía fielmente las reglas, que se me impusieron en aquel entonces. Por suerte, el tiempo, viajes, experiencias, lecturas feministas, me ayudaron a liberarme de todas estas ataduras injustas impuestas en mi género.

Por él me interesé en las diferentes etnias de Jalisco e hice investigaciones sobre los huicholes porque me mostró fotos del mercado de Otavalo. En éstas aprecié las laboriosas artesanías de los nativos de su tierra. Lo veía como un hombre en todo su esplendor.

Ese atardecer me habló de su única hermana que vivía con su madre y abuela. Dijo que los echaba de menos, al igual que a la gente de su terruño. Había llegado a París dos años antes y todo este tiempo lo había dedicado al estudio del francés que aún no dominaba. Apenas empezaba a hacer los trámites para entrar a la universidad.

Una vez más, después de clases, David me invitó a Notre Dame, la belleza de esta catedral me impresionó por su imponente arquitectura que habla de historia, de arte y de cultura. Es un edificio vivo con el que se puede dialogar. Después de admirar los coloridos vitrales, le pregunté si le gustaba bailar, ya que la música me volvía loca. Yo quería ir a una discoteca. No me pareció muy entusiasmado, pero accedió en complacerme. Hablamos de nuestros gustos musicales. Le dije que la música de los Beatles, Doors, Los Bee Gees, Credence Clear Water Revival, Janis Joplin y muchos más, me encantaban.

—¿Por qué te gustan tanto? —Preguntó con gran curiosidad.

—Pienso que han revolucionado la música y algunas son inspiradoras como la de John Lennon “Imagine”. Además, con muchas de ellas se pueden bailar.

— Prefiero la música folklórica; las melodías norteamericanas no las entiendo y no las escucho.

—También disfruto de la música de Joan Manuel Serrat, Camilo cesto, Mercedes Sosa y Violeta Parra. Ah, adoro la letra de “Cantares”. ¿Qué te parece si vamos a una discoteca?

—Antes de ir, me tienes que enseñar algunos pasos.

—Por supuesto, podemos practicar en mi hotel, aunque la habitación sea pequeña.

—Bien.

Fuimos caminando de la Sorbona a la calle Saint Honoré donde se encontraba mi hotel. Buscamos estación de radio que ofreciera música disco y rock. Me di cuenta de que David no disfrutaba tanto del baile como yo. De todas maneras me complació. Me llevó a una discoteca en el Quartier Latin. Recuerdo las luces de diferentes colores que se prendían y apagaban como si fuesen estrellas incandescentes. Una melodía era muy pegajosa e invitaba a bailar: “Rock your boat”. No duramos mucho tiempo ahí porque el olor a cigarrillos me dio una fuerte jaqueca. Fuimos a charlar a un café y ahí probé por vez primera las deliciosas crepas francesas. David deseaba saber más de mi vida estudiantil y de lo que pensaban y hacían los chicos de mi edad. Entonces, le conté que cursaba el primer año de la carrera en la Facultad de Letras. Y que, al terminarla, me gustaría obtener una beca para seguir una maestría en Estados Unidos o en Francia.

—¡Consigue una en Francia, Camila! Desde ahora, para la licenciatura. —Lo dijo emocionado.

—Sí, aplicaré por una en cuanto llegue a Guadalajara

—Me encantaría tenerte aquí el próximo verano.

—Sabes David, nunca imaginé que el destino me premiara tanto.

—¿Por qué? —preguntó asombrado.

Decidí confiarle todo lo que sentía en aquel momento. Le conté que pensaba que mi madre no me quería porque no me celebró mis quince años; ni le importaba si estudiaba; que favorecía o prefería a una de mis hermanas. Lo único que le importaba era que limpiara la casa. Me miró incrédulo y decidí que era prematuro quejarme y hacerle confesiones tan íntimas. Debía esperar hasta que me nos conociéramos más.

Nos dimos cuenta de que era medianoche. Así que David me acompañó al hotel. A la mañana siguiente, después de la clase, él me propusó ir de excursión al Louvre. Dentro del museo me mostró la Vénus de Milo, la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. París deslumbró mis dieciocho años de sueños y anhelos.

Al salir del museo, me tomó la mano por primera vez. Sentí que mi corazón latía con tanta rapidez, que le pedí que nos sentásemos por unos momentos en una de las bancas. Sin duda David presentía mi enamoramiento.

—Te invito a tomar una bebida muy parisina. Se llama Kir, y se prepara con vino blanco y crema de Cassis.

Nos encaminamos hacia las Tuilleries y nos instalamos en uno de los muchos cafés. El Kir fue una bebida tan deliciosa que hasta la fecha la bebo de vez en cuando.

Insistió en que le contara sobre mi trabajo y los ideales de los estudiantes de mi edad. Le comenté lo mucho que me gustaba a pesar del arduo sudor que me costó obtenerlo.

—¿Creerás que el entrenamiento duró dos meses y no me pagaron ni un centavo? Por lo menos me escogieron, igual que a otra chica. Me sentí muy orgullosa de este logro. Mi trabajo me permite asisitir a la universidad por la tarde.

David ponía atención a lo que le contaba. Proseguí con los ideales de los jóvenes mexicanos. Supongo que muchos se asemejan a los míos: después de licenciarse buscan un puesto, lo que no es nada fácil. Algunas de mis amigas han truncado su carrera al casarse o embarazarse antes de terminar. Por supuesto, se puede seguir adelante, pero para una mujer con mi especialidad, es más difícil encontrar un puesto de enseñaza que en las otras licenciaturas. David afirmó con la cabeza porque estaba de acuerdo conmigo.

Los estudiantes también se divierten como aquí, van a bares con los amigos, se drogan en las fiestas, se citan en cafés, hacen excursiones, en fin… También charlamos sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Por ejemplo, la corrupción en el gobierno; problemas familiares y de novios; nos falta el tiempo para discutir de nuestras vidas.

Una vez más era hora de retornar al hotel. En esta ocasión, decidimos caminar por el Sena. Por desconocida razón, me recordaba el lago de Chapala. No dejaba de asombrarme lo inmensamente feliz que me encontraba caminando, abrazada por David. Durante nuestro recorrido observamos otras parejas de enamorados. La noche era estrellada y la luna parecía exiliada. A lo lejos se escuchaba la famosa melodía de Edith Piaf: “Je ne regrette rien”. David me dio un beso que todavía hoy puedo sentir con calidez.

Lamentablemente arribó mi último día con David en París. Después del curso me invitó a su apartamento miniatura. Ahí me mostró fotos de su hermana, de su madre y abuela. Una hermosa llama de peluche adornaba su cama. Me ofreció café de su país mientras escuchábamos una estación radial que tocaba música folklórica de Latinoamérica. De repente, David me estrechó en sus brazos y  besó como si él intuyera que sería último día de nuestro  idilio. Casi al momento de penetrarme se retiró.

—Camila, debes conservarte virgen para el matrimonio. —Dijo con tanta certeza.

Yo no supe que contestarle, perono podía obligarlo a nada. Además, siempre escuché de mi madre, abuela y familiares, que los hombres que se quieren acostar antes de casarse, en realidad, no aman a la chica. Así eran aquellos tiempos. Entonces pensé que David me amaba. Ahora deseo que el acto se hubiese consumando. Por lo menos una parte de su ser hubiera permanecido en mí.

Después de un rato, nos incorporamos y tomamos un taxi al aeropuerto. Ahí me regaló una típica tarjeta parisina; me extrañó que no me diera el icono del soldado desconocido o algo por el estilo. Decía:

“Mi querida Camila:

París no va a ser lo mismo sin ti. Al partir te llevas también el calor que me hizo vivir estos días. Tu ausencia deja un vacío en mi alma; ahora, el frío de París será más frío cuando me falte tu amor. Te echaré de menos. No te olvides de aplicar para una beca en París.

Te quiero, Camila… David.

Me la dio junto con la hermosa llama que tenía de adorno en su cama. Lágrimas cayeron sobre mi rostro aunque en aquellos momentos una gran felicidad me embriagaba por saber que David me amaba.

De regreso a a mi país volví a mi rutina cotidiana con mis estudios y trabajo. Inmediatamente le escribí a David. Lo primero que le comuniqué fue que apliqué para dos becas: una en Francia y otra en Estados Unidos, en caso de que la primera no me la dieran. Desconozco cuántas cartas le mandé, pero él me escribió quince y todas las guardo como un tesoro de recuerdos. Desde que las recibí han resistido mudanzas; vuelos, encierros en algún libro o maletín, y, por supuesto, he revivido esos tiempos incontables veces, leyéndolas de vez en cuando.

Al recibir su primera carta, recuerdo que brinqué de alegría. Leí cada letra con una emoción enorme. Cuando la abrí procuré que la estampilla y el sobre no sufrieran daño; deseaba conservarla como si fuese un pedazo de corazón enviado de París.

Le hablé de las novedades en mi familia, que mi hermana menor cayó de la azotea y se hizo pedazos, como plato roto; por suerte no se mató; está enyesada de pies a cabeza; parece momia. Creo que este incidente me afectó emocionalmente: por las noches siento que alguien se apodera de mi cuerpo, mientras yo permanezco indefensa, sin fuerza. Le decía que quiza era el deseo de volver a él  y disfrutar juntos en París.

Recuerdo que nunca nos hablamos por teléfono. En este tiempo hubiese sido maravilloso al instante comunicarme con él por la internet o por correo electrónico, en vez de aguardar semanas por sus palabras. En una ocasión esperé casi tres meses por una bendita carta. Por unos días me invadió la idea de que nuestro romance se había marchitado; o me asaltaban pensamientos indeseados como que, David se había enamorado de una francesa. Ese mismo día, arribó una carta de él, informándome: “Mi amada Camila: mi silencio se debe a que el correo estuvo en huelga por dos meses. Espero que lo hayas leído en la prensa o escuchado en las noticias”. También mencionaba que las universidades estaban en huelga y por el tiempo que duró existía el peligro de invalidación para algunas universidades y entre ellas se encuentra Manterre.

¡Vaya que sentí un gran alivio al saber de él! pero no lo que me comunica. Volví a la vida con sus palabras. Me prometí que de hoy en adelante leería todos los diarios y escucharía las noticias en la televisión y en la radio.

Habían transcurrido diez meses desde nuestro encuentro. Con el corazón apachurrado le tenía que escribir a David que la beca para Francia me fue negada, pero la de los Estados Unidos me fue otorgada. Además, le sugerí que nos podríamos ver durante las vacaciones de invierno, una vez instalada en la universidad de Wooster, en Ohio.

Cuando llegó su respuesta felicitaba mi empeño por lograr la beca:

“Lamento muchísimo que no vengas a Francia. Antes de comenzar, te felicito por el empeño de hacer algo por tu patria. Me refiero a la beca que te han concedido para los Estados Unidos. Me dices que a cambio difundirás la cultura de México, tal como impartir clases de Historia y enseñar español. Tengo la certeza de que no ignoras que los países latinoamericanos, desde hace siglos, han sido explotados cruelmente por los yankees. Todos nosotros sufrimos la opresión norteamericana económica, cultural y políticamente. Esta explotación y opresión nos tiene en la miseria y en el subdesarrollo.

Mira, mi querida Camila, no quiero influir en ti, pero los latinoamericanos debemos saber la Historia real y científica de nuestros países… Creo que sería muy interesante que me contaras algo más de tu viaje. De todas maneras, aprovéchalo.

Te prometo que cuando regreses a México te visitaré.

Ah, me voy a mudar muy pronto y en mi próxima carta, te dejaré mi nueva dirección.

Te abrazo y recuerdo, con un inmenso cariño,

Tu David”.

Por horas me quedé reflexionando sus palabras. Era obvio que no era de su agrado que fuera con los yankees, y le daba la razón, pero el tiempo vuela y es sólo por un año. Además, escaparía de la opresión de mi madre. No podía desperdiciar tal oportunidad. Por otro lado, me causaba inmensa tristeza no poder unirme con David en esta ocasión. Mi mente no abandonaba sus palabras ni un instante.

Me quedaban pocos días para emprender mi travesía. Así que le envié una carta al “vapor” comunicándole que sabría de mí tan pronto llegara al pueblecito de la universidad. Y así lo hice. A unos pocos días de mi llegada, le envié una carta, describiéndole la belleza natural de Wooster. Le dije que era una “suertuda” porque a las asistentes de idioma les asignaban su propia habitación. El dormitorio era para los estudiantes internacionales y en éste se hacían muchas celebraciones. Por lo tanto, tuve que poner mi granito de arena prometiendo hacer muy pronto un festival mexicano, sin faltar la variada gastronomía de mi tierra.

Le conté que ser considerada una “estudiante norteamericana” era un gran desafío y. que ahora entendía cómo se sentía recien llegado a París.

La carta “al vapor” que le envié de Guadalajara, y ésta, fueron las últimas. Ya no recibí respuesta a ninguna de ellas. No pude comprender. Caí en la incertidumbre por largo tiempo, después llegué a sentir odio. Su silencio era inexplicable e injustificado. A fin de cuentas, pensé, ni siquiera habíamos tenido una amistad honesta. No había conocido una personalidad tan equivocada como la de David, y me dolió mucho. Esta acción, para mí había sido inimaginable.

Transcurrió el año de la beca y yo regresé a Guadalajara.

A cabo de varios días de mi retorno, limpiaba la cocina y me sorprendió encontrar una carta de David encima del refrigerador. ¡No lo podía creer! Ahora comprendía su “silencio”. En esa carta me daba su nuevo domicilio; constaté por las fechas que no recibió las dos últimas mías.

El incidente me puso a temblar por todas las emociones encontradas que me llegaron a un mismo tiempo. Pensé que si alguien de casa se hubiera tomado la molestia en decírme por teléfono mientras estuve en los Estados Unidos, yo hubiera recapacitado de mis pensamientos torcidos en contra de David. Encaré a mi madre y a mis hermanas; pero ninguna dio muestra de interés por mis asuntos personales. De hecho, mi madre no veía con buenos ojos mi relación epistolar con David.

Le pregunté con relativa calma:

—Mamá, ¿por qué no me enviaste esta carta a los Estados Unidos?

—Ni siquiera sabía de su existencia —respondió sin inmutarse; —no te ausentaste por mucho tiempo.

Su contestación me dejó perpleja, no quise preguntarle cuánto era mucho tiempo para ella; debí tragarme mi amargura, mi frustración, mi dolor, mi coraje, y todo lo demás que seguí sintiendo durante muchos años.

Intenté recobrar la correspondencia con David; le escribí a la nueva dirección, que ya no era tan nueva por el tiempo que había transcurrido. Y no obtuve respuesta. Con el transcurso del tiempo debí aceptar que ahora sí, todo había terminado. Se había roto mi esperanza por una circunstancia tan trivial, y que me llenaba de rabia.

Después de terminar una maestría, obtuve mi puesto en el Centro Universitario donde estudié. Fue así que Maria Luisa figuró en mi vida como antes lo había hecho su padre; pero como para cerrar un círculo, un ciclo que había permanecido abierto en inceretidumbres; lo cual agradecí.

Es la una de la mañana, el café ya se acabó y decido leer la última carta, que viene sin atar.

Querida Camila:

Fue una grata sorpresa saber que eres la profesora de mi hija María Luisa. Con ella te hago llegar tus cartas que no quiero caigan en otras manos.

Me encuentro en la fase terminal de una enfermedad. Es muy probable que cuando recibas éstas, ya no esté aquí. Mi conciencia no me dejó tranquilo todos estos años sabiendo que me amabas. Aclarando mis ideas, te amé pero no quise destruirte; no deseaba dañarte en lo más íntimo. Tu juventud me hizo reflexionar.

Por favor, discúlpame, mi adorada, Camila.

Quiero que sepas que cada carta tuya me dio ánimos para seguir con mis estudios. Siempre encontré en tus palabras una sinceridad que fue esencial para mi espíritu. Tus cartas me recordaban mis raíces, mi lengua, mi gente… El amor que me profesaste me ayudó a recobrar la confianza en el ser humano.

En sí, Camila, fuiste una influencia positiva a lo largo de mi vida. Gracias.

Camila, sólo me llevo bellas memorias de ti.

Te recuerdo con ternura… y amor.

Tu David.

Quito 20-11-2009

Siento un dolor que él mismo me hablara de su muerte, y más dolor porque lo leo como si aún estuviera vivo y me dijera lo que siempre deseé escucharle. Escucho una vieja canción, proviene de algún apartamento del edificio: “Capri, c’est fini” con el cantante Hervé Vilard.

Siento que sus manos oprimen las mías contra su pecho, como si estuviéramos juntos. A fin de cuentas, esa amistad que tanto amé no me había defraudado.

Y lloro, como es natural, el deceso de mi amado.

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13 thoughts on “Camila: Ayer y Hoy

  1. También me gusta el olor de la lluvia fresca. Crecí cerca del agua y pertenecía a un club de playa, que me paso la mayor parte de mi juventud allí. Me encantaba cuando llovía y todo el mundo iba pasar el rato debajo de los toldos hasta que la lluvia se detuvo. Es muy interesante que le enseñó la hija del primer amor de su vida.

  2. Profesora Beatriz, me encanta esta historia. Me hizo acordar a una tia que tenia que ella se enamoro de un Argentino cuando fue a estudiar para otro pais. Me encanto esta historia especialmente como Camila narra todo sus sentimientos hacia David. Me gusto como David la respeto a ella y no quizo tener relaciones sexuales con ella porque no estaban casado. Cuando leo historias asi es interesante ver como en los tiempos de antes las personas se respetaban mas y los sentimientos era bien importantes.

  3. Me encanta este foto, es muy bonita. La historia, tambien de la foto es muy interesante. Mu gusto mucho los colores en el foto, y tambien el arbol.

  4. Honestamente, la pintura o la imagen que me atrajo de inmediato. ¡Muy hermoso! Es muy afortunado que se haya podido volver y refrescar la memoria de la Universidad, y al día sobre lo que está pasando allí. ¡También, tantos libros!

  5. This is absolutely remarkable writing. I really enjoyed the way you described your feelings. It seems so heartfelt and amazing. I think you should continue writing on here. I’ve noticed there are not a lot of new posts, but I feel this is a really good way to get students to read in Spanish. Thank you for sharing.

  6. me encata sus cuentas, usted es un escritor muy fuerte! Yo quiero leer mas!

  7. Going to paris is something that has always been on my bucket list it. However, I have visited the american version of the eiffel tower that’s in Las Vegas!

  8. Estoy muy impresionado con cuánto se viaja, señora. Creo que es realmente grande que viaja más allá de países hispanohablantes sólo. Creo que debe ser muy difícil a veces viajar fuera de tu zona de comodidad. ¿Qué haces con todos tus gatos cuando se quite en todas estas aventuras?

  9. Traveling to so many different countries and places must be great. I have not traveled outside the country that much but would love to visit new and exciting places that are completely different than what I am used to.

  10. This story is outstanding. The photo fits this reading. She is breaking down her life and say the rain is so smooth, I am one to enjoy the rain.

  11. she breaks down her life in an amazing which made the story very interesting and I loved the photo and what it represented

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