“Mis Chicas”.

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Por Beatriz Salcedo-Strumpf

Magda, suele visitarme cada dos meses, aunque no vivimos a mucha distancia. Ella vive en Syracuse; yo en un pueblo cercano, en zona rural. Cuando nos juntamos parecemos comadres de vivienda. Nos la pasamos hablando de la servidumbre. A Magda no le agrada que use el término sirvienta para “sus chicas” que le ayudan en el aseo.

He aprendido de ella, lo que ella de sus empleadas: Costumbres, platillos típicos de otros países; vocablos diferentes a los de México. Por ejemplo, en Puerto Rico, “chavos” significa dinero y en Argentina se dice, plata; a la alberca, pileta. “Me tiene pelotas”, significa “me trae loca ese tipo”; o, es un cojonudo, para decir, es un pendejo. En México significa tener muchos güevos, es decir: que es muy valiente.

—No son sirvientas, —dijo una vez, —se les llama cleaning girls, chicas que cobran  por hora. Al terminar sus quehaceres se les paga y “brincan” a otra casa…

—¡Como chapulines! —agregué yo.

A Magda no le pareció el chiste.

Ha desfilado casi toda Latinoamérica por su casa.

De la primera cleaning girl que me platicó, fue de una mexicana chihuahuense. Esa pobre muchacha, de nombre Juana, cruzó la frontera de forma ilegal, y después de una odisea, de semanas en el desierto (se dice fácil), fue entregada en casa de una amiga de su madre. Por el tiempo que permaneció en casa de esa “amiga”, Juana tuvo que sobarse el lomo como sirvienta y dormir en el clóset, junto con el perro. Felizmente se reunió con su madre semanas después. La chica sólo tenía dieciséis años cuando llegó a Syracuse.

Pero no era todo lo que le esperaba a Juana sino, además, la pesadilla de tener que pagar la fuerte suma que había cobrado el “Coyote”. Su madre ya le tenía preparado  trabajo con Magda, de cleaning girl. Su madre no la quiso involucrar en casa de gringos a causa del idioma.

—Juana fue de mis mejores chicas, —dijo Magda la primera vez que nos vimos, — solía limpiar muy bien; no se quejaba, ni rezongaba cuando la ponía a barrer la cochera, limpiar ventanas o acomodar los clósets. Las hispanas son buenas trabajadoras; no como las gringas que, si olvidas encargarle limpiar tal cosa, no puedes agregárselo a la lista.

—¿Por qué? —la interrumpí.

—Porque siempre contestan: “Si usted quiere otra cosa, le cuesta más”.

—O sea que, no son pendejas. —Se me salió la franqueza y Magda lo tomó a mal. —Sigue con Juana —le pedí rápido, para que se olvidara de mi comentario.

—Con el tiempo y ya aclimatada, Juana se puso de novia con un puertorriqueño; tan pronto como ahorró se compró un auto. La volvían loca los centros comerciales, y los fines de semana no la sacaban de ahí ni la migra.

Un día, al leer el diario en la nota roja, apareció el nombre del novio de Juana. Me quedé boquiabierta, decía: Un encuentro entre pandillas dejó el saldo de un muerto. Se busca al sospechoso del homicidio, Jorge Martínez.

¡Imagínate! —dijo, todavía asustada.

—¿Qué hiciste?

—De inmediato la llamé y le pregunté dónde había estado durante el tiroteo.

Presenció todo; dijo que el mentado Jorge sólo se había defendido y que ya había huido de la ciudad. La tranquilicé y le dije, casi amenazándola, que no hablara con nadie del asunto, ni con su madre.

Colgué el auricular, Queta, temblando. La hazaña de mi empleada me dejó muy preocupada. Pero me ganaba la curiosidad de saber la astucia de la chica, y le pregunté dónde se había escondido para que no se la llevara la policía.

—¿Y…?

—¡Cálmate Enriqueta, no seas desesperada!

—En un clóset —contestó Magda, —y no salió de ahí hasta que la policía desapareció.

—¡Pa´ su mecha! Qué susto se llevó la pobre —dije, escandalizada.

Después Magda continuó narrando:

—Juana jamás volvió a saber de Jorge, y por suerte, nadie se enteró de tamaña salvajada. Llegué a pensar que esta muchacha necesitaba “una limpia” con albahaca. Se me ocurrió esto porque su siguiente novio fue un gringo de mierda. La embarazó y luego, cuando se alivió, el muy méndigo la delató a la migra, porque él quería quedarse con el bebé. A fin de cuentas, ella se volvió a su tierra y yo me vi obligada a buscar otra chica.

Magda es de buena posición, tiene muchas amigas que le ayudan a conseguirlas. La siguiente se llamó Claudia: una magnífica afanadora. Era uruguaya, de Montevideo, si mal no recuerdo. Magda siguió con la siguiente historia:

—Claudia llegó a los Estados Unidos, con su esposo y tres hijos y con una visa temporal caducada, el mismo día que el país perdió sus torres gemelas.Todo pintaba bien al principio. Alberto, su marido, encontró un puesto de mesero en un restaurante de la ciudad. Una tarde, cuando conducía su auto, lo hizo en sentido contrario. Para su mala suerte, la policía lo detuvo y le pidió la licencia de conducir. Al carecer de ésta y notar su acento extranjero, de inmediato lo reportaron con la migra. Estuvo en la cárcel tres meses, hasta que lograra aclarar su situación migratoria. Al encontrarlo ilegal, lo retacharon a su tierra. Claudia no quiso volver a Uruguay y decidió quedarse con sus hijos aquí. Los niños ingresaron a la escuela sin ningún problema y ella inició su trabajo en un restaurante de árabes.

–¿Te das cuenta, Enriqueta, de los calzones de los hispanos?

—Se me hace perro que una mujer sostenga, sin ayuda del marido y con tres chiquillos de pilón, —le dije— un ritmo de vida tan caro y sacrificado; y como quiera que sea, aún con marido, no deja de ser ruin y frustrante vivir bajo el imperio del temor. Vejaciones e incertidumbres, día a día; y quién sabe cuántas más tisnaderas…

—De acuerdo, Queta. Hay que tener en mente que las leyes de migración cambian a conveniencia del país. Cuando el gobierno necesita mano de obra barata, abren las puertas con falsa sonrisa a los abatidos compatriotas y las cierran cuando ya no les conviene. Y no sólo eso. Hay la costumbre de culpar a los inmigrantes si un programa económico no funciona. Para muchos, que ignoran de fondo los problemas, los inmigrantes son los zánganos que se aprove-chan de las virtudes de los programas de bienestar social; los culpan de los males que aquejan al país. Me extraña que no los hayan culpado también de los avionzazos contra las torres gemelas.

Sin hacer ninguna pausa, mi amiga Magda continuaba la historia de su empleada:

—Con el tiempo, Claudia inició una relación con un gringo. Y, unos meses después perdió su magnífico trabajo con los árabes, a causa de la ola anti-inmigrante que se desató para echar fuera del país a ilegales; también subieron las penalidades para quienes los contrataran. La policía invadía fábricas, oficinas, centros comerciales, bodegas…

—¿No te pareció, más bien, una cacería? —Pregunté, un tanto intrigada.

—Realmente así fue. Porque abordaban trenes, autobuses, los supermercados; cualquier lugar que frecuentaban los hispanos era revisado por la migra. Los árabes despidieron a Claudia para evitar problemas con el gobierno;recordarás que esa época y hoy se sospechaba que  todos los musulmanes son terroristas. Así que se vieron forzados a despedirla, pese a sus deseos de ayudarla.

Magda tuvo a Claudia, como una de sus chicas favoritas; recordaba lo dulce y trabajadora que era. Decía: una mujer que sabe trabajar lo demuestra con un sello personal; como si añadieran también la paz de su vida en lo que hace.

Magda es de las patronas que ayudan a sus trabajadoras, para que no pierdan su identidad, y las estimula a que se superen, empezando por el idioma. Mientras que los gringos son de trato frío y con ellos jamás se da un acercamiento amistoso.

Por la forma de ser de las hispanas, comunicativas, Magda se enteró de la historia de Claudia.

En Uruguay, Claudia había vivido en casa de su suegra. Durante ese tiempo la vieja le hizo la vida de cuadritos. La tenía de sirvienta, la humillaba y hasta la echaba de casa a espaldas de su marido y no le gustaba sentirse arrimada. Pensó que no podía estar peor en cualquier otra parte; fue así que decidió venir acá.

—Y ¿por qué le aguantabas tanto a la perra de tu suegra? —le preguntó Magda, intrigada.

—Porque no tenía dónde vivir; —contestó Claudia —yo fui huérfana de padres. Le pedí a Alberto que nos viniéramos a prueba, si no lográbamos conseguir trabajo nos devolveríamos. A decir verdad, yo no pensé nunca en regresar. Allá no tengo nada, aquí por lo menos tengo un trabajo.

Magda me siguió contando la historia de Claudia:

—Me trabajaba dos veces a la semana. Yo la recogía en la parada del camión. Ella no podía obtener una licencia de manejo, debido a su situación de ilegal. Esa rutina me molestaba, pero a fin de cuentas me vencía el deseo de ayudarla. Otra incomodidad era pagarle en efectivo, los ilegales no pueden abrir una cuenta bancaria porque les exigen número de seguro social o licencia de conducir.

Al cabo del tiempo, Claudia tuvo relaciones con un gringo y quedó embarazada. Ella se ilusionó creyendo que podría legalizar su situación casándose con él, pero el gringo resultó ser más “lanza” y no quiso saber nada de matrimonio; aunque aceptó mantener al hijo que procrearon.

Cuando ya parecía que las cosas iban bien, Claudia empezó a verse mal. Vivía, la inocente, bajo la presión del miedo. Me dijo que a unos amigos suyos los atraparon en el súper, comprando víveres. Ella temía, aún, subir al camión.

La apoyé en la que pude: direcciones de organizaciones de ayuda a indocumentados; otras que prestan servicio a gente pobre, números de teléfono para que recibiera asesoramiento legal y pensé lo que pudiera servirle.   

Finalmente, Claudia no volvió más. Dijo Magda que la buscó en listas de deportados, en las oficinas de ayuda; llegó a creer que quizá estaba secuestrada y con ganas de hacer el reporte a la policía. Al fin se conformó con la idea de que a lo mejor había sido expulsada del país con otro nombre.

Magda no pudo esperar más a que apareciera Claudia, y recurrió a sus viejas amigas para que le recomendaran otra chica. Su búsqueda fue exitosa. Dio con Marisol, una cubana simpatiquísima. Con ella aprendió a guisar varios platillos caribeños: con nombres chistosísimos como: “moros y cristianos”, “Ropa vieja”, y así por el estilo; se figuraban, más bien, a títulos de películas.

—Marisol no era la típica cubana a la que estamos acostumbrados, —decía Magda, con entusiasmo—; cuando la recibí, ya tenía tres años viviendo en los Estados Unidos; y estaba intentando sacar de Cuba a su única hija. Llegó en calidad de exiliada, venía con papeles, para su buena suerte. A diferencia de los ilegales, ella recibía ayuda monetaria del gobierno, para que iniciara una vida formal. Marisol, igual que las otras chicas, siempre estuvo dispuesta a trabajar duro y sin reparos.

Marisol había trabajado para una aerolínea rusa antes de exiliarse.

Su hija tenía veinte años y el gobierno de Fidel no les permitía salir de Cuba ni a ella ni a su esposo. El esposo se vino de balsero y dejó allá, irresponsablemente, a la hija. Esto desagradó mucho a Marisol cuando se reunieron y platicaron el asunto. En represalia lo abandonó a su suerte; además ya estaba harta de él por vicioso y holgazán.

—Cuando yo la recibí, —dijo Magda, —compartía su apartamento con un cubano, sólo para dividir los gastos de renta y calefacción. Para mí fue un alivio que tuviera su propio coche y que, además, yo pudiera pagarle con cheque, —dijo, todavía alegre.

Varios meses después pudo sacar a su hija de Cuba.

— Lo bueno dura poco, —dijo Magda. —Después de que llegara su hija de Cuba, Marisol empezó a incumplir en su trabajo y se iba más temprano que de costumbre.

Pensé que quizá tuviera dificultades en casa y con tiento le hice ver mi desagrado. Incluso, le pregunté si ya no se sentía a gusto con lo que hacía. Ella siempre tenía una disculpa aceptable a su incumplimiento, pero se fueron agregando otras cosas.

Una vez tuve que salir de viaje y ella no se presentó a trabajar dos días. Mi esposo me lo hizo saber. Esa vez sí me molestó mucho y de plano se lo reclamé. Por increíble que pueda parecer, ella lo tomó como si fuera una simpleza.

Un día, mientras mi esposo trabajaba en su computadora, ella entró a su estudio para hacer la limpieza; pero antes se acercó a él mostrándole sus pechos con la excusa de algún quiste o algo por el estilo en sus senos; ajeno a la intención de Marisol, a mi esposo lo descontroló la escena y el pésimo inglés de Marisol; pero intuyendo que le preguntaba algo relacionado a su profesión, la mandó con su médico de cabecera. Ella todavía fingió ignorancia. Le aclaré (sorpresivamente) lo que mi esposo le había dicho de buena fe:

—Marisol, mi esposo dice que es mejor que consultes a tu médico de cabecera. En este país el único que te puede recetar es tu doctor.

Al sentirse descubierta se sonrojó y quedó muda; tú sabes como es esto, Queta. Luego, no acertó más que a decir, que en su tierra, cualquier médico se presta a dar un diagnóstico gratis. Le contesté que en México es también por el estilo; pero no estábamos en Cuba ni en México y aquí las costumbres son diferentes.

Después de ese incidente me vi en la necesidad de despedirla.

Por enésima vez me quedé sin servidora, y busqué otra chica, acudiendo a las amigas de siempre.

Esta vez fue una dominicana de nombre Yiserlin. Su madre casó con un puertorriqueño y de esta manera inmigró a sus hijos. Con el tiempo, Yiserlin también se casó en Puerto Rico con un paisano y tuvo tres hijos y, como muchos puertorriqueños, se embarcaron para estas tierras en busca de oportunidades aquí. No importa de dónde vengas, si no conoces el idioma puedes pasarla muy mal.

Yiserlin sí que era una verdadera belleza caribeña: cintura pequeña, hermosas caderas redondeadas, piel canela y una frondosa cabellera negra, rizada. Su novio se la había robado cuando ella apenas tenía dieciséis años.

—En casos como estos siempre hay algo que se desea saber, Queta, —me había dicho Magda, con picardía.

Le preguntó a Yiserlin, los pormenores del rapto:

—¿Qué te dio a fumar tu novio ese día para que aceptaras semejante locura? —dijo que le preguntó, a los pocos días de recibirla.

Algunas respuestas son como peces que saltan fuera del agua:

—Fui yo quien le dio la idea, doña Magda —confesó.

—¿Estás satisfecha con tu relación después de trece años? —insistió Magda en averiguar si aquello había valido la pena. Pero la respuesta fue como un manojo de dudas.

—Por un tiempo lo estuve: ahora creo que metí las patas. En realidad sólo dejé que se “robara” mi juventud… En otra ocasión le doy detalles de mi historia, ya vino Jován a recogerme. ¡Hasta la semana próxima! —Y salió corriendo.

—Esa tarde me dejó picada, —dijo Magda.  —De todas las chicas que he empleado, Yiserlin era la que poseía más carácter, rebeldía, orgullo y unas ganas de salir triunfante en todo lo que se proponía, a pesar de su truncada educación. De inmediato me convenció que le aumentara el sueldo, asegurándome que si no quedaba satisfecha con su trabajo, devolvería el aumento. Y, en realidad, su esmero merecía que le pagara más, pero no lo hice, tú sabes cómo es esto, Queta.

También se ganó mi confianza con su lealtad, y eficacia en la limpieza de la casa. A poco me empezó a contar las infidelidades de su compañero, y cómo éstas la llevaron a vengarse de la misma manera, entregándose a hombres que fue conociendo a través de Internet.

Un día, después de acabar la limpieza, pregunté:

—Yiserlin ¿todavía estás enamorada de tu compañero?

—Sí, doña Magda, pero ya no siento placer con él.

—¿Lo sabe tu esposo? ¿Sabe él de su impotencia sexual?

—No, ya ve cómo son de machos los hombres. Estoy segura que se sentiría humillado y me echaría en cara que tengo un amante.

Me preocupó tanto su situación que metí mi “cuchara”:

—Yiserlin, si quieres seguir con él, creo que debes decirle cómo te sientes, y quizá tengan que buscar ayuda profesional, los dos. Si llegasen a un acuerdo, yo podría darles información a ese respecto.

—Pues dígamelo de una vez —dijo ella.

En ese momento llegó Jován y tuvimos que dejarlo para otro día, como si fuesen episodios de telenovela.

A las pocas semanas, ambos habían aceptado que necesitaban ayuda profesional y se integraron a una clínica de orientación familiar.

Una mañana, durante el almuerzo, me daría una triste noticia:

—Doña Magda, fíjese que a Jovan no le gusta hablar de nuestros problemas y ya no quiere seguir con la… ¿cómo dijo que se llama?

—Terapeuta, Yiserlin.

— A lo mejor a de ser porque yo quiero casarme, y él no.

Él insiste en que así estamos bien. Yo pienso que si no nos casamos vamos a perder el dinero que hemos invertido  en Santo Domingo. Desde que llegamos aquí empezamos a mandarlo para construir una casa en mi tierra, pero se me hace que la familia de Jován quiere adueñarse de ella.  Ellos piensan que nosotros ya estamos bien aquí y no ocupamos de irnos para allá.

Le di consejos sobre el estado civil: le hablé de las food stamps, de los descuentos a la renta, y otras prestaciones de ley; y le dije que siguiera insistiendo a Jován en tie the knot. Luego me cortó la plática para decirme que había conocido a una mujer que había trabajado conmigo.

Se trataba de Claudia. Me costó trabajo creer que limpiara baños en el Mall. Sobre todo porque ahí pagan el mínimo y piden número del Social Security. Lo más probable es que lo haya conseguido falso.

Había dejado de trabajar conmigo porque se sentía robada a causa de que le cobraba la gasolina de mi auto y mi tiempo, cuando iba por ella a su casa.

—Magda, —la interrumpí —¿no es un robo cobrar el transporte a una empleada que es de tu interés ocupar? Es decir, si ella te está solucionando un problema de confiabilidad y aseo, ¿por qué cobrarle?

—Queta, es lo que se acostumbra en este país; yo no puse las reglas…

—¿Aprovecharse de ellas? —por un momento pensé que nuestra amistad iba a terminar ahí;  no fue así. No obstante, desistí de seguirla interrogando en cuestión de costumbres.

—Está bien. Continúa.

—Yiserlin le aclaró a Claudia esas costumbres que tú no apruebas; por lo cual le estuve muy agradecida.

Con el tiempo Magda me visitaba con menos frecuencia. Hasta que, finalmente, dejó de hacerlo. No se lo reproché.

Hoy me pregunto cuántas chicas más han sido orilladas a pasar por su casa.

La radio de mis vecinos suena a volumen alto, son “Los Tigres del Norte”:

[… América nació libre, el hombre la dividió. Ellos pintaron la raya para que yo la brincara y me llaman invasor, es un error bien marcado. Nos quitaron ocho estados quién es aquí el…]

FIN

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6 thoughts on ““Mis Chicas”.

  1. Excelente, Beatriz. Se prende uno al tema de las empleadas domésticas como un pretexto para revisar la política de migración de los EE UU. Hay muchas historias qué contar al respecto. Manejas muy bien tus personajes y los diálogos para mantener el tono de la narración. Felicidades.

  2. Migracion es una cosa muy complicada a los EE UU. es el cuento verdad? Soy triste que los personas quien vinen aqui normalmente necesito tocar empleos que son inferior. Ellos debe dan la oportunidad igual. Me gusta como escribes sobre las mujeres en gran detalles.

  3. Buenas,

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  4. Me encanto este cuento. Muchos de nosotros los Hispanos conocemos muchas personas que han cruzado la frontera para tener una mejor vida. Me parece que las historias de estas chicas es muy triste porque siempre queremos tener una mejor vida pero la realidad es que no es asi para muchas personas. Estoy de acuerdo con Magda cuando dice que nosotras las Hispanas somos muy trabajadoras. Otro tema muy importante es la immigracion. Lamentablemente hay muchas leyes que prohiben a los immigrantes ilegales tener una mejor vida.

  5. Algunas de sus historias son tan intensas. El asesinato, el sexo, el embarazo. Aunque todos ellos son muy entretenido y éste me gustó a fondo. Es interesante ver algunas de las dificultades que los inmigrantes ilegales tienen que pasar. Cuenta bancaria, licencia de conducir y muchos más.

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